Fracasó como actor, pero triunfó en los negocios

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Ty Werner nació el año de 1944, en la ciudad de Chicago.

Como sus padres no tenían muchos recursos, cuando llegó a la juventud se metió al Ejército y así poder cursar una carrera. Sin embargo, por problemas personales no pudo terminarla y se salió después de un año.

Warner se fue a vivir a Los Angeles, para seguir su sueño (al igual que otros cientos de miles de jóvenes) de ser actor famoso.  Después de cinco años, se tuvo que regresar a Chicago, con las manos vacías.

“- Ahora sí papá… Vengo a trabajar contigo- “, le dijo a su padre cuando lo volvió a ver, y entró como su asistente de ventas en una compañía de juguetes. Así pasaron los años, trabajando al lado de su papá en la empresa de la que ambos eran empleados.

Al paso del tiempo, Warner iba madurando la idea de un negocio propio, pues aunque tenía un sueldo cómodo, así nunca iba a sobresalir. Estando en el mundo de los juguetes, lo más lógico era seguir dentro de la industria.

En un viaje de vacaciones por Italia, vio unos gatitos de juguete, hechos de tela y rellenos de frijol. De regreso de ese viaje, renunció a su empleo y empezó a fabricar unos gatos de juguete muy parecidos.

Empezaron a venderse con éxito moderado, y cuando menos Warner ya tenía su negocio propio. Le dio por nombre a su empresa Ty, Inc.

En 1993, Ty Warner lanzó lo que sería su mayor éxito, su gran idea. Llenó un saquito con frijoles, les puso grandes orejas, les dio nombres como “Splash, la ballena” o “Patti el Ornitorrinco” y así nacieron los Beanie Babies.

Al principio recibieron muchas críticas, sobre todo de sus antiguos compañeros de la industria, pero cuando en la Feria del Juguete de Atlanta se vendieron 30 mil de ellos, los detractores enmudecieron.

Ty Warner construyó todo un imperio con los Beanie Babies. Y lo hizo de forma notable: nunca contrató publicidad, ni los vendió a través de las grandes cadenas de tiendas. Esto hizo que sus juguetes fueran más difíciles de conseguir, lo que los hizo aún más deseables.

Además, una vez que la producción de un modelo se agotaba, era retirado del mercado, haciéndolos artículos de colección, llegando a subastarse por miles de dólares cada uno.

De la noche a la mañana, se creó una histeria colectiva a nivel nacional en torno a los Beanie Babies. En las pocas tiendas autorizadas a venderlos se hacían filas larguísimas de miles de personas. Se iniciaban peleas y pleitos por ellos.

Como la empresa de Warner es privada, no hay registros públicos de sus ingresos, pero se cree que vendía 700 millones de dólares al año.

Hasta que, finalmente, dejó de fabricarlos en 1999.

Ty Werner ha aprovechado muy bien la gran fortuna que hizo, pues su empresa ha seguido funcionando bastante bien, sacando nuevas líneas de juguetes, como las muñecas Ty Girlz.

Además es fuerte inversionista en hoteles, campos de golf y edificios de oficinas, como el Hotel Four Seasons de Nueva York, el San Ysidro Ranch en California, el Kona Village Hotel en Hawaii, y el Resort Ventanas al Paraíso, en Los Cabos, México.

Muchos pensaron que su idea era ridícula y sin futuro, que sus juguetes eran feos y que a nadie le gustarían, pero quien debe de decidir eso es el mercado, las personas que compran los productos y votan con su cartera, ¿no lo crees?

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Miranda Gomez

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